La historia que inspiró mi camino hacia la medicina
Con frecuencia me preguntan cuándo decidí estudiar Medicina. Mi respuesta siempre es la misma.
Tenía apenas cinco años.
Mucho antes de comprender qué significaban palabras como anatomía, fisiología o enfermedad, la medicina ya había entrado en mi vida de una manera profundamente personal.Todo comenzó cuando mi madre quedó embarazada de mi hermano menor.
Lo que debía ser un embarazo lleno de ilusión pronto se convirtió en un camino marcado por la incertidumbre. Durante los controles prenatales, los especialistas diagnosticaron múltiples anomalías congénitas severas, entre ellas hidrocefalia, síndrome de Prune Belly —una compleja enfermedad caracterizada por malformaciones del sistema genitourinario— y oligohidramnios severo. Debido a la escasa cantidad de líquido amniótico, fue necesario realizarle varias amnioinfusiones con la esperanza de prolongar el embarazo y mejorar las condiciones para mi hermano.
El pronóstico era muy reservado. Los médicos explicaron que las posibilidades de supervivencia eran mínimas y, debido a la gravedad de las malformaciones, recomendaron la interrupción médica del embarazo con fines diagnósticos y científicos, para poder estudiar el feto y comprender mejor su enfermedad.
Mi madre tomó una decisión que cambiaría para siempre la historia de nuestra familia.
Guiada por sus profundas convicciones cristianas y por su amor incondicional hacia su hijo, rechazó esa posibilidad. Nunca fue un acto de rechazo hacia la medicina ni hacia los médicos que la atendían; por el contrario, siempre respetó profundamente su trabajo. Simplemente decidió seguir adelante con el embarazo, confiando plenamente en Dios en medio de una situación donde la ciencia reconocía sus propios límites.
Aunque yo era apenas una niña, la acompañaba con frecuencia a sus consultas prenatales. Recuerdo permanecer sentada en silencio mientras escuchaba conversaciones entre especialistas acerca del diagnóstico y del pronóstico de mi hermanito. Aquellas palabras médicas quedaron grabadas en mi memoria mucho antes de que pudiera comprender realmente su significado.
Fuera del hospital, nuestra familia encontraba fortaleza en la oración. Asistíamos varias veces por semana a la iglesia, incluyendo las Misas de Sanación de los martes y jueves. Mi madre oraba incansablemente por la vida de mi hermano, y yo, con la sencillez propia de una niña de cinco años, oraba junto a ella convencida de que Dios podía sanar a mi hermanito.
Al llegar el tercer trimestre, los especialistas recomendaron practicar una cesárea debido a la complejidad del embarazo.
Poco antes de viajar desde Maracaibo al Hospital Universitario de Caracas, donde sería atendida por especialistas en Medicina Materno-Fetal, un nuevo ultrasonido confirmó nuevamente el diagnóstico de hidrocefalia. Las imágenes y el informe fueron enviados directamente por los especialistas de Maracaibo a sus colegas en Caracas.
Sin embargo, al ingresar al Hospital Universitario ocurrió algo inesperado.
El especialista en Medicina Materno-Fetal decidió repetir el estudio ecográfico y, tras comparar cuidadosamente las imágenes previas con el nuevo examen, encontró que la hidrocefalia había desaparecido.
Aquello no modificaba el resto de las graves malformaciones congénitas, por lo que la recomendación de practicar una cesárea permanecía vigente.
Mi madre, nuevamente guiada por su fe y después de conversar con sus médicos, decidió esperar el parto vaginal.
Y mi hermano nació vivo.
Su historia apenas comenzaba.
Durante su infancia fue sometido aproximadamente a ocho intervenciones quirúrgicas mayores, entre ellas dos abdominoplastias reconstructivas, corrección de megavejiga, reimplante ureteral y orquidopexia bilateral.
Los médicos explicaban que el mayor desafío sería preservar la función renal. El pronóstico era reservado y la expectativa de vida estimada apenas alcanzaba entre dos y cuatro años.
Pasaron dos años, cuatro años.
Luego diez. Después veinte.
Hoy, mi hermano tiene 32 años, mide 1,90 metros (6 pies 3 pulgadas), es ingeniero electrónico, vive en España y ha construido una vida plena, independiente y exitosa.
Su historia sigue siendo, para nuestra familia, un recordatorio permanente de esperanza.
Aquella experiencia marcó profundamente mi infancia. Por primera vez comprendí que la medicina representa mucho más que diagnósticos y tratamientos. Descubrí el enorme compromiso de los médicos que acompañan a las familias en los momentos más difíciles, la incertidumbre que a menudo acompaña la práctica clínica y la inmensa responsabilidad que implica cuidar la vida humana.
Al mismo tiempo, aprendí que la fe puede convertirse en una fuente extraordinaria de fortaleza cuando las respuestas no bastan y el futuro permanece incierto.Nunca entendí estas dos realidades como opuestas. Por el contrario, crecí admirando profundamente a los médicos que cuidaron de mi madre y de mi hermano, mientras veía cómo la fe sostenía emocionalmente a nuestra familia durante todo el proceso.
Un día, de niña, mientras hablábamos acerca de mi futuro, mi madre pronunció unas palabras que jamás he olvidado:
«Dios puede usarte como usó al Dr. José Gregorio Hernández.»
Aquellas palabras quedaron grabadas para siempre en mi corazón. Muchos años después, cuando el Dr. José Gregorio Hernández fue canonizado por la Iglesia Católica en 2025, recordé esa conversación. Comprendí que mi madre nunca soñó con que yo alcanzara reconocimiento. Lo único que deseaba era que algún día pudiera servir a los demás a través de la medicina con amor, compasión y entrega.
Desde mi infancia, nunca quise ser otra cosa que médica. Mi camino tampoco fue sencillo. Al terminar el bachillerato, no fui seleccionada para ingresar a la Facultad de Medicina ni en la primera ni en la segunda lista de admitidos. Fueron necesarios casi cinco meses de espera hasta que apareció una tercera lista donde finalmente encontré mi nombre.
Con el paso de los años comprendí que esa experiencia fue solo el comienzo de un patrón que se repetiría muchas veces en mi vida.
También mi camino profesional en Estados Unidos ha requerido años de perseverancia, estudio, sacrificio, oración, incertidumbre migratoria y esfuerzo constante. Sin embargo, cada obstáculo ha fortalecido aún más mi convicción de que los llamados verdaderos rara vez siguen caminos fáciles.
La medicina nunca ha sido la opción más sencilla. Pero nunca busqué una vida fácil. Siempre busqué una vida con propósito.
Cada paciente, cada investigación, cada examen, cada desafío y cada nuevo comienzo me recuerdan aquella promesa silenciosa que hice siendo una niña sentada junto a mi madre en una consulta prenatal:
Dedicar mi vida a servir, aliviar el sufrimiento y cuidar de quienes depositan su confianza en mí.
Hoy sigo creyendo que ejercer la medicina es uno de los mayores privilegios que una persona puede recibir. Y continúo esforzándome, cada día, por convertirme en la médica que aquella niña soñó llegar a ser.
A mi madre
Mami:
No existen palabras suficientes para expresar cuánto te amo, cuánto te respeto y cuánto te admiro.
Gracias por enseñarme, con tu ejemplo, que el amor verdadero nunca se rinde, que la esperanza puede mantenerse incluso en medio de la incertidumbre y que la fe puede sostener a una familia en los momentos más difíciles.
Todo lo que soy, y todo lo bueno que pueda llegar a ser, se lo debo primero a Dios y, después de Él, a ti.
Gracias por haber creído en mi vocación mucho antes de que pudiera comprenderla y por seguir creyendo.
Gracias por enseñarme que la medicina no consiste solamente en curar enfermedades, sino también en amar, servir y acompañar a cada ser humano con dignidad y compasión.
Esta historia también es tuya.
Con todo mi amor,
Mhadelyne
A mi hermano
Querido hermano:
Aunque probablemente nunca llegues a comprender por completo cuánto influiste en mi vida, tu existencia despertó en mí el deseo de ser médica.
Sin saberlo, fuiste el primer paciente que inspiró mi vocación, el primer milagro que contemplé y el primer recordatorio de que toda vida humana merece ser cuidada con amor, esperanza y dignidad.
Hoy doy gracias a Dios por el inmenso regalo de tu vida. Verte crecer, superar cada desafío y convertirte en el hombre íntegro, noble y exitoso que eres hoy ha sido una de las mayores alegrías de mi vida.
Me siento profundamente orgullosa de ti, no solo por todo lo que has logrado como ingeniero electrónico, sino por la persona en la que te has convertido. Tu perseverancia, tu fortaleza y tu manera de enfrentar la vida son motivo de admiración para toda nuestra familia.
Le pido a Dios que continúe bendiciéndote abundantemente, que te conceda una vida larga y plena, colmada de salud, sabiduría, paz y alegría. Que siga guiando cada uno de tus pasos y haga realidad los anhelos más nobles de tu corazón.
Gracias por existir.
Gracias por haber cambiado mi vida mucho antes de nacer y que ambos pudiéramos comprenderlo.
Te quiero profundamente.
Con todo mi cariño,
Mhadelyne
«Porque la ciencia también es un don de Dios»
«Honra al médico por sus servicios, porque también a él lo creó el Señor. Del Altísimo viene la curación… El Señor hizo brotar de la tierra los medicamentos, y el hombre prudente no los desprecia. Él concedió a los hombres la ciencia para ser glorificado en sus maravillas.» — Eclesiástico 38:1–2, 4, 6
Que hermosas palabras q hermoso todo cuanta sabiduría hay en tu ser q Dios llene cada segundo d tu vida d mucha sanacion para con tu vida q cada anhelo d tu corazón sea escuchado x Dios muchas gracias x ser quién después d Dios m ayudaste guiaste he hiciste después d Dios el milagro d q existiera Debora en mi vida son muchos años d preparacion para bien d cada persona q podais ayudar y servir q cada día Dios t lo multiplique en vida salud paz tranquilidad amor bendiciones infinitas y q sean . Muchos logros más 🙏💝
Amén, Dios les continué bendiciendo infinitamente, y que sigas regalando tu amor maternal y que sigas recibiendo amor del regalo más grande, tu hija!!! tqm.
Hermoso. Dios los bendiga y que sigan los éxitos. Orgullosa de ti .
Amén colega, compartimos la misma vocación, un abrazote!!!